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El consultor energético Nicolás Taiariol analizó el impacto del nuevo escenario internacional sobre el mercado argentino. Advierte que la presión cambiaria, el atraso de valores y la situación fiscal podrían acelerar subas en los surtidores.
El precio internacional del petróleo volvió a instalarse sobre los USD 90 y, para el consultor energético senior y exdirector de la Secretaría de Energía, Nicolás Taiariol, el mercado atraviesa una etapa en la que la geopolítica pesa tanto como los fundamentos tradicionales de la oferta y la demanda. Si el barril de Brent logra sostenerse por encima de ese precio, Argentina enfrentará un escenario de oportunidades para sus exportaciones, pero también un mayor impacto sobre el valor de las naftas y el gasoil.
Según explicó el especialista, el conflicto entre Estados Unidos e Irán modificó la lógica del negocio petrolero mundial. El crudo se convirtió en un instrumento de presión política y estratégica, generando un equilibrio inestable que mantiene las cotizaciones en niveles altos, aunque con marcadas oscilaciones. En apenas una semana, el Brent llegó a tocar los USD 100, luego retrocedió hasta los USD 87 tras declaraciones del presidente Donald Trump sobre una posible negociación con Teherán y volvió a recuperar terreno impulsado por la incertidumbre.

Taiariol señaló que esta dinámica responde a fuerzas contrapuestas. Cuando el barril sube demasiado, Washington intenta enviar señales de distensión para moderar el mercado. En cambio, cuando los precios caen, desde Irán reaparece la amenaza de restringir el tránsito por el Estrecho de Ormuz, uno de los principales corredores energéticos del planeta. A ese panorama se suman los ataques hutíes contra embarcaciones en el Mar Rojo y las acciones militares en el Mar Negro que afectan la producción proveniente de Kazajistán, configurando tres focos que sostienen la volatilidad.
En ese contexto, Argentina obtiene un beneficio directo como exportador neto de hidrocarburos. Un Brent elevado incrementa los ingresos por ventas externas, fortalece la balanza comercial energética -que acumuló un superávit cercano a los USD 5.950 millones hasta junio de 2026- y mejora el atractivo para nuevas inversiones en Vaca Muerta y otros desarrollos.
Sin embargo, el mismo fenómeno genera el efecto contrario en el mercado interno. El petróleo constituye la principal materia prima para producir combustibles y su encarecimiento termina trasladándose, tarde o temprano, a los surtidores. Ese incremento repercute sobre los costos del transporte, la logística y la producción industrial, impactando finalmente sobre la inflación, uno de los principales objetivos económicos del Gobierno.
De todos modos, Taiariol no prevé aumentos inmediatos ni generalizados. Considera que YPF continuará utilizando su estrategia de micropricing para distribuir las correcciones en pequeños ajustes periódicos, evitando que el consumidor perciba un salto significativo en un único momento. Gracias a su liderazgo en el mercado, la petrolera puede administrar con mayor flexibilidad los tiempos del traslado de costos, una ventaja difícil de igualar para el resto de las compañías.
No obstante, el especialista advierte que esa política tiene límites. El propio presidente de YPF, Horacio Marín, reiteró en distintas oportunidades que no habrá “cimbronazos” en los surtidores, aunque esa promesa depende de variables que la empresa no controla completamente. El sostenimiento de un Brent en esos niveles ya comenzó a erosionar los márgenes de refinación y, según estimaciones del sector, los precios domésticos presentan un atraso de entre el 15 y el 20 por ciento respecto de la paridad internacional.
Ese desfasaje podría ampliarse si se produce una corrección significativa del tipo de cambio. Para Taiariol, el verdadero riesgo no reside únicamente en la evolución del petróleo, sino también en la posibilidad de una modificación del dólar oficial que obligue a acelerar la convergencia de los valores locales con las referencias internacionales.
A esa presión se agregan otros factores. El invierno impulsa el consumo de gasoil destinado al transporte y la calefacción, mientras que las refinadoras privadas enfrentan mayores dificultades para absorber pérdidas si se mantiene una política de incrementos moderados. De prolongarse esa diferencia competitiva, podrían aparecer menores inversiones o incluso cierres de establecimientos en los segmentos más comprometidos.

El Estado también juega un papel determinante. Aunque el Gobierno ratificó que no intervendrá directamente en la formación de precios, continúa postergando la actualización del Impuesto sobre los Combustibles Líquidos y del tributo al dióxido de carbono para amortiguar el impacto sobre el índice inflacionario. Esa decisión, sin embargo, implica resignar ingresos fiscales en un marco donde el equilibrio de las cuentas públicas constituye uno de los pilares de la política económica.
Para Taiariol, mientras el petróleo permanezca por encima de los USD 90, la tendencia de los combustibles será alcista, aunque administrada cuidadosamente para evitar sobresaltos. La continuidad de esa estrategia dependerá del comportamiento del tipo de cambio, la evolución de la demanda, la capacidad de las empresas para sostener sus márgenes y el margen fiscal del Estado para seguir absorbiendo parte de la presión tributaria. El interrogante, concluye, es cuánto tiempo podrá mantenerse ese equilibrio antes de que alguna de esas variables obligue a una corrección de mayor magnitud.
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