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Tecnología, circulación, tienda y decisiones que parecen menores pueden definir si la inversión funciona o se vuelve un problema rápidamente.
Cuando la obra termina, el negocio ya cambió. Este es un problema cada vez más frecuente en los nuevos proyectos de Estaciones de Servicio. No es una exageración ni una tendencia lejana; es algo que ya está pasando y que obliga a profundizar reuniones con especialistas que tengan la visión para plantear -desde el inicio- cómo se diseña una infraestructura que no quede obsoleta antes de amortizarse y sea lo suficientemente versátil para adaptarse a próximas etapas de inversión.
En ese punto, el desafío deja de ser sólo constructivo para volverse estratégico. “Una estación no se proyecta para menos de 10 años”, explica Pablo Nicolás Díaz Gait, socio fundador de Prolantis, quien advierte que incluso dentro de ese plazo es probable que la infraestructura necesite adaptaciones.

El dato no es menor. La vida útil puede extenderse a 30 años, si se toman como parámetro los tanques, pero el negocio lleva un ritmo mucho más vertiginoso. Es ahí donde aparece la primera fricción: cómo diseñar algo que sea sólido en el tiempo pero flexible para un mercado que cambia constantemente.
Aquí la previsión es la protagonista. No tanto en términos financieros -que corren por cuenta del operador- sino en decisiones de diseño que, si no se toman al inicio, después se vuelven prácticamente inviables.
En diálogo con Surtidores, el ingeniero que está lanzando la firma propia Prolantis luego de años dedicado al rubro de Estaciones de Servicio en otra compañía, comparte sus secretos para evitar que las tendencias rompan con el trabajo. Uno de los ejemplos más claros es la electromovilidad.
Aunque todavía muchos operadores no ejecutan la inversión, es algo que se empieza a pensar desde el proyecto. No instalar hoy, pero sí dejar todo listo para que mañana no implique romper lo ya construido. Es una lógica que se repite también en autodespacho, robotización y nuevas formas de atención.
Pero hay un punto donde el cambio es más profundo y menos evidente: la centralidad de la tienda. Lejos de ser un complemento, hoy empieza a condicionar todo el diseño.
La circulación, los accesos, los tiempos de permanencia y hasta la experiencia del cliente se piensan desde ese espacio. Según comenta Díaz Gait, en las conversaciones previas al final del diseño hoy “pesa más la tienda que quizás todo el emprendimiento de combustible”.
Y eso se traduce en decisiones concretas: cómo se mueve el cliente, dónde estaciona, cuánto tarda, qué ve primero. Incluso la gastronomía rápida —takeaway, hamburguesas, café— empieza a influir en la lógica de diseño tanto como los surtidores.
En paralelo, aparecen otros detalles que suelen quedar relegados en el presupuesto inicial pero que impactan directamente en la operación diaria.
Uno de los más subestimados podrían ser los sanitarios. Automatización, resistencia al uso intensivo, mantenimiento y vandalismo son variables que muchos proyectos no contemplan desde el inicio y terminan resolviéndose tarde, con mayor costo.

Ese mismo razonamiento empieza a extenderse a otros recursos, como el manejo del agua o la eficiencia energética, donde la inversión inicial compite con márgenes cada vez más ajustados.
“El negocio está más chico, entonces hay decisiones que se ven como costo y no como inversión”, reconoce Díaz Gait. Sin embargo, el riesgo de recortar en esas áreas es que terminan impactando en el día a día, donde los recortes después se pagan en la operación.
Todo esto deja en evidencia que el diseño de una Estación de Servicio está corrido de la lógica tradicional y queda claro que la próxima estación no se define por los surtidores, sino por todo lo que pasa alrededor de ellos… que, si no se piensa bien hoy, una inversión puede quedar fuera de juego mucho antes de lo previsto.
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