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Un análisis realizado por el director del Instituto de Energía de la Universidad Austral, sostiene que la necesidad de sostener ingresos empuja a diversificar la oferta y repensar cada decisión de gasto.
La discusión sobre hacia dónde orientar las inversiones en Estaciones de Servicio dejó de centrarse en una sola variable. Ya no se trata únicamente de incorporar nuevas energías o modernizar instalaciones, sino de encontrar un equilibrio que permita sostener el negocio actual mientras se incorporan alternativas de forma progresiva.
Así lo plantea un informe del director del Instituto de Energía de la Universidad Austral, Roberto Carnicer al que tuvo acceso Surtidores, que analiza cómo debería posicionarse el sector frente a una transición energética que, lejos de ser inmediata, se presenta como un proceso gradual y heterogéneo.

Según Carnicer, la demanda de combustibles líquidos seguirá siendo determinante durante los próximos años en Argentina. Sectores como el transporte de cargas, el agro y buena parte del parque automotor continúan dependiendo de nafta y gasoil, lo que obliga a las estaciones a preservar ese flujo de ingresos como base de su sustentabilidad.
En ese escenario, la estrategia más eficiente no pasa por reemplazar de forma abrupta un modelo por otro, sino por avanzar en una diversificación ordenada. Para el especialista, la estación que logre combinar estabilidad en su negocio tradicional con capacidad de adaptación será la que mejores resultados obtenga en el mediano plazo.
Uno de los ejes centrales del análisis es la necesidad de fortalecer el negocio principal. La modernización de surtidores, tanques y sistemas de medición, junto con la incorporación de herramientas de control y automatización, permite reducir pérdidas, mejorar la eficiencia operativa y optimizar los tiempos de atención.

A esto se suma un cambio cada vez más visible en la lógica comercial. Las tiendas, la gastronomía y los servicios asociados ganan protagonismo como fuentes de ingresos complementarios. Estos espacios no solo capturan margen, sino que también permiten capitalizar un fenómeno en crecimiento: el aumento del tiempo de permanencia de los clientes.
Este aspecto se vuelve especialmente relevante en un escenario donde comienzan a convivir distintas formas de movilidad. La eventual expansión de la carga eléctrica, por ejemplo, introduce tiempos de espera significativamente mayores en comparación con la carga tradicional de combustibles, lo que abre oportunidades para desarrollar nuevas propuestas comerciales.
Sin embargo, el informe advierte que la incorporación de infraestructura eléctrica debe realizarse con criterio. No todas las estaciones justifican este tipo de inversiones, que requieren analizar variables como la demanda potencial, la disponibilidad de potencia eléctrica, el flujo de vehículos y la posibilidad de generar ingresos asociados.
Un enfoque similar se plantea para otras alternativas energéticas. La posibilidad de operar con mayores mezclas de biocombustibles, así como el desarrollo de GNC, GNL o biometano en determinados segmentos, aparece como una opción válida, especialmente en estaciones con perfiles logísticos o clientes de flota.
En todos los casos, el criterio es priorizar oportunidades concretas por sobre decisiones basadas en tendencias globales que no siempre se replican en el mercado local.
Carnicer señala que otro de los pilares del proceso de adaptación es la digitalización. La incorporación de nuevos medios de pago, herramientas de fidelización, monitoreo remoto y análisis de datos permite mejorar la productividad y ajustar la operación a las nuevas demandas del consumidor.
Incluso la posibilidad de avanzar en esquemas de autodespacho, en aquellos lugares donde la regulación y las condiciones de seguridad lo permitan, forma parte de un conjunto de cambios orientados a ganar eficiencia.
El informe también introduce una diferenciación según el tipo de estación. Las ubicadas en zonas urbanas deberían priorizar la experiencia del cliente, la conveniencia y la agilidad en los pagos, mientras que las de ruta necesitan enfocarse en servicios vinculados al descanso, la seguridad y la gastronomía.
Por su parte, las estaciones orientadas a logística y transporte pesado requieren garantizar disponibilidad de combustible, control operativo y servicios específicos para flotas, con posibilidades de incorporar energías alternativas en nichos bien definidos.

En todos los casos, aparece una advertencia común: evitar decisiones apresuradas. La reasignación masiva de capital hacia nuevas tecnologías sin señales claras de demanda puede comprometer la rentabilidad y generar estructuras difíciles de sostener.
La transición energética, según el análisis, no premia a quienes se adelantan sin planificación, sino a quienes logran administrar los tiempos y asignar recursos de manera eficiente. Bajo esta lógica, el modelo hacia el que evoluciona el sector es el de una estación concebida como un nodo integral. Un espacio que combina expendio de combustibles, oferta de energía diversificada, servicios y propuestas comerciales orientadas a maximizar el valor de cada cliente.
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