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Mientras Donald Trump celebra en redes sociales que el precio del combustible cayera por debajo de los tres dólares el galón, especialistas relativizan la posibilidad de que la eventual reducción del barril se traduzca en un recorte visible en los surtidores locales.
La Casa Blanca encontró una forma poco convencional de comunicar una noticia económica: al ritmo de Gasolina, el clásico de Daddy Yankee, difundió un video en el que celebra la caída del precio del combustible en Estados Unidos. Las imágenes muestran al presidente Donald Trump en distintos actos y escenarios, acompañadas por un mensaje contundente: “Promises made, promises kept… 43 US states with gas prices under $3/gallon”. El posteo se viralizó rápidamente y ya supera los 5,5 millones de visualizaciones y más de 543 mil “likes”, convirtiéndose en una pieza política tan llamativa como efectiva.
El dato no es menor. En un país donde el precio de la nafta es un termómetro directo del humor social y del poder adquisitivo, perforar el umbral de los tres dólares por galón (3.8 litros) en la mayoría de los estados funciona como un símbolo de alivio para los consumidores y, al mismo tiempo, como un logro que la administración republicana no duda en capitalizar.

La pregunta inevitable es si un escenario similar podría darse en la Argentina. La respuesta, al menos por ahora, parece lejana. Así lo plantea Emilio Apud, exsecretario de Energía, quien relativiza la posibilidad de que una eventual baja del precio internacional del barril se traduzca en un recorte visible en los precios locales. “Lo dudo”, afirma sin rodeos. “Me parece que se va a aprovechar esa baja, o eventual baja que pueda haber en el precio del barril, para tal vez actualizar la parte impositiva y los bíos sin que se note aumento en la manguera”, sostuvo.
El planteo pone el foco en una de las principales diferencias entre ambos mercados. En Argentina, el precio final de los combustibles está fuertemente condicionado por el tipo de cambio, la carga impositiva y por el componente de biocombustibles, dos variables que en los últimos años acumularon retrasos y desfasajes respecto de la inflación. En ese contexto, cualquier alivio proveniente del precio internacional del crudo suele ser absorbido por el Estado para recomponer ingresos o corregir distorsiones, más que trasladado directamente al consumidor.
Apud agrega que, aun con un barril más barato, el margen para una baja real es acotado. “Hay que ver cómo juegan esos dos factores, la inflación y los impuestos. El tipo de cambio ahora no va a influir porque está bastante planchado, pero la baja del barril no creo que haga bajar el precio; a lo sumo lo mantendrá o el incremento será bajo, aprovechando para terminar la brecha que hay con el atraso en impuestos y en bíos”, explica en diálogo con Surtidores.

El contraste con Estados Unidos es evidente. Allí, la estructura impositiva sobre los combustibles es sensiblemente menor y más estable, lo que permite que las variaciones del mercado internacional se reflejen con mayor rapidez en el surtidor. En Argentina, en cambio, el combustible cumple también una función fiscal y regulatoria, y su precio suele ser una variable de ajuste para compensar desequilibrios macroeconómicos.
Además, el contexto local suma otros condicionantes. La necesidad de sostener la recaudación, el impacto del precio de los combustibles en la inflación y el delicado equilibrio político que implica cualquier movimiento en la manguera hacen que una baja nominal resulte poco probable en el corto plazo. En el mejor de los casos, coinciden los analistas, un barril más barato podría servir para moderar aumentos futuros y evitar saltos bruscos.
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