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Con precios mayoristas favorables y mayor libertad comercial, las expendedoras sin bandera atraviesan un momento positivo. Distribuidores aseguran que “hoy es un buen negocio” y anticipan un escenario de mayor competencia y nuevos jugadores en el mercado.
En el mercado local de combustibles, la competencia ya no se explica únicamente por la puja entre las grandes petroleras. Desde hace algunos meses, las estaciones blancas -aquellas que operan sin estar asociadas a una marca integrada- ganan protagonismo y consolidan un modelo que vuelve a resultar atractivo. Distribuidores mayoristas coinciden en que los precios vigentes son claramente favorables para este segmento y sostienen que, en las condiciones actuales, operar sin bandera “vuelve a cerrar como negocio”.
El fenómeno se apoya en la convergencia de varios factores. Por un lado, el acceso a productos importados a valores competitivos, especialmente en el gasoil Grado 3, permite a las estaciones blancas mejorar sensiblemente sus márgenes o trasladar precios más convenientes al surtidor. Por otro, la expectativa de que los importadores comiencen a ofrecer también naftas provenientes del exterior abre la puerta a un mercado más dinámico, con mayor diversidad de proveedores y el ingreso de nuevos actores dispuestos a competir.

Para muchos operadores del sector, este escenario remite inevitablemente a lo ocurrido en los primeros años de la década del 90. En aquel entonces, vender combustibles sin estar asociado a una marca reconocida era una alternativa altamente rentable, impulsada por un mercado más abierto y una estructura de costos más flexible. Hoy, con matices y diferencias evidentes, el negocio vuelve a mostrar señales similares, en un contexto donde la rentabilidad de las estaciones abanderadas aparece más condicionada por contratos, cánones y esquemas comerciales rígidos.
Este presente favorable contrasta con el período más crítico que atravesaron las estaciones blancas en los últimos años, particularmente durante 2023, cuando el fuerte desabastecimiento de combustibles puso en jaque la continuidad de muchos operadores. En ese momento, la escasez de producto, los cupos impuestos por las petroleras y las restricciones crecientes a los distribuidores que abastecen a las expendedoras sin bandera limitaron severamente su capacidad operativa y erosionaron su rentabilidad.
Según datos de la Secretaría de Energía correspondientes a 2025, en Argentina operan 1.029 estaciones blancas, lo que las convierte en la segunda red más numerosa del país, solo detrás de YPF, que cuenta con 1.623 establecimientos.
Este fenómeno se explica, en buena medida, por la reconfiguración de las redes de las grandes compañías. En los últimos años, muchas optaron por retirarse de bocas que dejaron de resultarles rentables, abriendo espacio a un modelo de operación independiente. Bajo esa lógica, las estaciones blancas pasaron a ocupar locaciones que las marcas abandonaron, sosteniendo la oferta de combustibles allí donde los grandes jugadores decidieron replegarse.

En este sentido, al no estar sujetas a contratos de exclusividad con petroleras, estas expendedoras pueden negociar directamente en el mercado mayorista, elegir proveedores según precio y disponibilidad y definir su política comercial con mayor autonomía. Esa flexibilidad operativa les permite adaptarse mejor a las condiciones locales y mantener competitividad en plazas donde las petroleras priorizan escala y volumen antes que presencia territorial.
A este panorama se suma un factor coyuntural que podría potenciar aún más su protagonismo. El pico de demanda esperado para julio, impulsado por la cosecha y el mayor movimiento del transporte pesado, aparece como una oportunidad adicional para el segmento. Con gasoil competitivo y mayor margen de maniobra, las estaciones blancas se preparan para capitalizar un contexto que, para muchos en el sector, marca el inicio de una nueva etapa.
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