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La captura de Nicolás Maduro reavivó el debate sobre el futuro del petróleo venezolano. Especialistas consultados coinciden en que, pese al impacto político, no se esperan efectos inmediatos sobre el precio de las naftas y el gasoil en la Argentina.
La sorpresiva detención de Nicolás Maduro en Venezuela, ejecutada por fuerzas especiales de Estados Unidos bajo órdenes del presidente Donald Trump, sacudió el tablero geopolítico y volvió a poner el foco sobre uno de los activos energéticos más codiciados del planeta. Tras ser trasladado a un penal federal en Brooklyn y a la espera de declarar ante un tribunal de Manhattan por cargos vinculados al narcotráfico y el tráfico de armas, el futuro político del país caribeño quedó envuelto en una fuerte incertidumbre. En paralelo, Trump afirmó que Estados Unidos avanzará en el control de las vastas reservas petroleras venezolanas y convocará a empresas norteamericanas para invertir miles de millones de dólares en la reconstrucción de una industria devastada por años de desinversión y sanciones.
Venezuela concentra alrededor de 303.000 millones de barriles de crudo —casi una quinta parte de las reservas globales— según datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos. Ese volumen, que durante décadas sostuvo la centralidad del país en el mercado energético, contrasta hoy con una producción que ronda los 900.000 barriles diarios, muy lejos de los niveles históricos. La pregunta que surge de inmediato es si el nuevo escenario político puede alterar el precio del petróleo y, por arrastre, los valores que pagan los consumidores en los surtidores argentinos.

Para Emilio Apud, exsecretario de Energía de la Nación, la respuesta es clara: no habrá cambios relevantes en el corto plazo. El especialista sostiene que la situación venezolana, aun con su peso simbólico, no tiene la magnitud suficiente para mover la cotización internacional. “Venezuela produce hoy cerca de 900.000 barriles diarios. Si se los compara con los aproximadamente 100 millones de barriles que produce el mundo, representa menos del 1 por ciento. Desde ese punto de vista, no hay razones para esperar una reacción del mercado”, explicó en diálogo con Surtidores.
Apud subraya que cualquier recuperación significativa de la industria petrolera venezolana es un proceso necesariamente lento. La infraestructura se encuentra obsoleta y deteriorada, y para alcanzar siquiera los niveles de producción de los años 90 —cuando el país extraía alrededor de 3,5 millones de barriles diarios— serían necesarias inversiones superiores a los 50.000 millones de dólares. “Aun en un escenario de estabilización política y de consolidación de una democracia confiable, ese volumen recién podría lograrse en un plazo no menor a diez años”, señaló. En ese contexto, el interés de las empresas estadounidenses, comenzando por Chevron, aparece más como una apuesta estratégica de largo plazo que como un factor capaz de incidir hoy en los precios.
La visión es compartida por José Luis Sureda, exsecretario de Recursos Hidrocarburíferos, quien tampoco espera impactos en las pizarras de las Estaciones de Servicio argentinas. A su entender, el mercado petrolero global sigue mirando otros focos de riesgo con mayor atención, como las tensiones en Medio Oriente o la evolución del conflicto entre Rusia y Ucrania.
Para la Argentina, donde los precios de los combustibles están atravesados además por variables locales —tipo de cambio, impuestos y costos internos—, la conclusión de los especialistas es que no hay razones para anticipar ajustes vinculados a la coyuntura venezolana. Las petroleras que operan en el país continúan tomando como referencia el precio internacional del crudo y el contexto macroeconómico doméstico, más que los cambios políticos en un productor hoy marginal en términos de oferta efectiva.
LA SITUACIÓN DE LA PETROLERA VENEZOLANA EN ARGENTINA
El escenario actual contrasta de manera abrupta con las ambiciones que Venezuela supo proyectar en la Argentina a comienzos de los años 2000. El 11 de febrero de 2005, Hugo Chávez inauguraba uno de los surtidores de la flamante Estación de Servicio PDVSA–ENARSA, cargándole nafta al Chevrolet de 1939 con el que Juan Manuel Fangio había disputado la histórica carrera Buenos Aires–Caracas en 1948. Aquella imagen buscaba simbolizar el inicio de una alianza energética regional destinada a ganar escala, integración y autosuficiencia.
“Vamos a seguir abriendo estaciones y vamos a comenzar a perforar pozos petroleros para que en el futuro Argentina no tenga que importar petróleo; es el comienzo de la apertura de otras 600 previstas”, anunciaba por entonces el ministro de Infraestructura, Julio de Vido. El proyecto contemplaba incluso la adquisición de la red local de Shell. Frente a la negativa de la petrolera, PDVSA avanzó sobre Sol Petróleo, propiedad de la uruguaya ANCAP, y tras quedarse con su paquete accionario dio origen a PDV Sur.

La muerte de Chávez y la posterior llegada de Nicolás Maduro marcaron un punto de quiebre. A partir de entonces, la compañía comenzó a acumular errores de gestión, falta de inversión y crecientes dificultades financieras que derivaron en un deterioro progresivo de su operación en el país. En la actualidad, las actividades de PDVSA Argentina se encuentran prácticamente paralizadas. Las Estaciones de Servicio que la empresa mantiene en su haber llevan años fuera de funcionamiento y, en muchos casos, exhiben un notorio estado de abandono.
A este cuadro se suma la pérdida de la concesión de la planta de almacenamiento de Dock Sud, un golpe determinante para cualquier intento de sostener una operatoria logística mínima. En paralelo, fuentes del sector señalan que las embarcaciones fluviales de Fluvialba, que operaban en la Hidrovía Paraná–Paraguay, presentan un avanzado nivel de obsolescencia. La combinación de sanciones económicas, falta de liquidez y ausencia de inversiones terminó dejando a gran parte de la flota fuera de servicio y selló, en los hechos, el repliegue de PDVSA del mercado local.
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