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El nuevo esquema impulsado por el Gobierno expone a las bocas de expendio a mayores variaciones en costos, con impacto directo en la rentabilidad del negocio.
La Resolución 400/2025 puso en marcha un giro de fondo en el esquema energético. La Secretaría de Energía comenzó a desarmar un sistema basado durante más de 20 años en precios administrados y fuerte centralización, para avanzar hacia otro con mayor contratación entre privados, señales económicas más claras y un retiro gradual del rol que venían cumpliendo CAMMESA y ENARSA.
Para las Estaciones de Servicio, el movimiento no es abstracto. Cambia la lógica que termina impactando en el costo del GNC, en la formación de precios de los combustibles y en la previsibilidad del negocio.

Un informe elaborado para Surtidores por la economista Nadia Sager, directora de GEINSA Gestión de Energía, describe un proceso que ya muestra varias piezas encajando en la misma dirección. La consolidación de Vaca Muerta como eje productivo, nuevas reglas para el gas, licitaciones eléctricas y obras de transporte empiezan a ordenar el sistema con una lógica más cercana al mercado.
Entre esas señales aparece el programa AlmaSADI, que introduce el almacenamiento de energía con contratos a 15 años y foco en potencia disponible más que en generación pura. Traducido: el sistema empieza a pagar por estar listo para responder, no solo por producir. Para el downstream, eso incide en el costo de la electricidad que utilizan muchas estaciones y en la estabilidad del suministro.
En paralelo, la Resolución 66/2026 reorganiza el transporte de gas. El crecimiento de la cuenca neuquina y la menor dependencia de Bolivia obligaron a cambiar rutas, contratos y asignación de capacidad. Se reordenan contratos históricos, se ajusta el esquema tarifario y se prioriza garantizar el consumo residencial, mientras el resto de los actores compite por capacidad.
Ahí aparece un dato clave para las bocas de expendio: el límite ya no es el recurso, sino cómo se transporta. La ampliación del Gasoducto Perito Moreno y los concursos de Transportadora de Gas del Sur introducen competencia para acceder a esa capacidad. En los picos de consumo, esa puja puede sentirse en el GNC, tanto en disponibilidad como en precio.
El cambio también llega por el lado del GNL. El Gobierno avanza hacia un esquema donde privados compiten por importar al menor costo sobre precios internacionales. Esto suma eficiencia, pero expone directamente al mercado local a lo que ocurra afuera. Si sube el gas en Europa, el impacto baja casi en línea al sistema argentino.
Para las estaciones, el efecto es concreto: mayor variabilidad en los costos energéticos y menor “amortiguación” estatal. La formación de precios se vuelve más sensible a factores externos y a la dinámica interna del sistema.

El invierno sigue siendo el punto más delicado. Cuando sube la demanda, la producción local y la capacidad de transporte no siempre alcanzan. En esos momentos se recurre a importaciones o a combustibles más caros para generar electricidad. Ese combo presiona sobre los costos y puede derivar en restricciones, como ya ocurrió en otros años con el expendio de GNC.
En este marco, Sager concluye que el sector ya ingresó en una nueva etapa: con reglas más claras y mayor competencia, pero también con una exposición directa a la volatilidad. A su entender, la evolución del sistema y su impacto en los surtidores dependerá de cómo avance la infraestructura, de la respuesta de la oferta local y de la dinámica de los precios internacionales, variables que empezarán a pesar cada vez más en la rentabilidad de las Estaciones de Servicio.
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