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La carga eléctrica para autos obliga a repensar tiempos de permanencia, oferta comercial y confiabilidad del sistema, transformando la relación con el cliente.
La movilidad eléctrica ya no se proyecta como un escenario futuro sino como un proceso en marcha que pretende impactar directamente en la operación de las Estaciones de Servicio para lograr un crecimiento que está ocurriendo.
Durante una capacitación técnica de ABB, Roberto Stazzoni, representante comercial de la firma, sostuvo que aún existe gran desconocimiento por parte de los operadores sobre el marco regulatorio en Argentina que habilita la instalación de equipos y la venta del servicio. Se trata de la Disposición 283/2019 donde se establecen los requisitos.

En ese marco, la recarga eléctrica debe entenderse como una prestación integral que combina infraestructura, operación y experiencia de usuario. Este cambio de paradigma obliga a repensar el negocio más allá del suministro energético, incorporando variables como el tiempo de permanencia del cliente, la oferta comercial y la confiabilidad del sistema.
En términos de uso, el esquema también presenta particularidades. La mayor parte de las cargas se realizará en entornos domiciliarios o laborales, con potencias bajas y tiempos prolongados. No obstante, cuando el usuario necesita extender su autonomía en ruta, “disponer de redes de carga rápida es indispensable y genera confianza … no solo que llega, sino que puede volver”, planteó el referente de ABB, al explicar que el verdadero diferencial no está en la carga en sí, sino en la previsibilidad del viaje.
Esa necesidad de confianza es la que empieza a estructurar el desarrollo de corredores eléctricos. En Argentina, redes impulsadas por YPF y Shell ya conectan grandes centros urbanos con destinos turísticos, especialmente en el corredor hacia la Costa Atlántica y el eje Rosario–Buenos Aires, aunque todavía persisten zonas sin cobertura que representan oportunidades de expansión.
Ahora bien, la incorporación de cargadores eléctricos en una estación no es una decisión que pueda tomarse sin un análisis técnico previo. La normativa vigente establece condiciones específicas que impactan directamente en la instalación.
El reglamento AEA 90364 indica que cada punto de carga debe contar con una instalación eléctrica independiente, con canalización, protecciones y alimentación propia desde el tablero principal. Además, exige la utilización de protecciones diferenciales específicas -clase A o B- capaces de detectar corrientes de fuga con componente continua.
A esto se suma la correcta implementación de la puesta a tierra, que debe integrarse al sistema general del establecimiento. “No hay que ponerse creativo con este punto, sino que tiene que formar parte del sistema eléctrico del inmueble como cualquier otra carga crítica”, advirtió Stazzoni, marcando la necesidad de profesionalizar las instalaciones.
Este conjunto de requisitos convierte a la infraestructura eléctrica en uno de los principales desafíos para el desarrollo de la electromovilidad en estaciones. No se trata simplemente de incorporar un equipo, sino de y garantizar condiciones de seguridad.
En este punto, la tecnología de carga también juega un papel clave. Mientras que las cargas lentas operan en potencias de entre 3 y 7 kW -pensadas para uso domiciliario-, las estaciones deben orientarse hacia soluciones de carga rápida y ultrarrápida, que van desde los 50 kW hasta equipos de 150, 300 o incluso 400 kW.
Estos niveles de potencia permiten reducir los tiempos de recarga a rangos de entre 15 y 40 minutos, lo que transforma la lógica de permanencia del cliente y abre nuevas oportunidades comerciales dentro del predio.
Al mismo tiempo, comienzan a incorporarse tecnologías que optimizan el uso de la infraestructura, como la distribución dinámica de potencia entre vehículos o los sistemas de refrigeración en conectores, que permiten sostener altos niveles de carga sin pérdida de rendimiento.
En paralelo, el desarrollo del sistema introduce nuevas figuras dentro del negocio. Entre ellas, el operador de puntos de carga —conocido como CPO—, que puede asumir la gestión técnica y comercial de los equipos, abriendo la puerta a modelos de asociación con los estacioneros.
“Acá no hay límites rígidos entre los actores… hay que construir un ecosistema donde todos funcionen armónicamente”, sintetizó el especialista, en referencia a la articulación necesaria entre estaciones, distribuidores eléctricos y proveedores tecnológicos.

De esta manera, las Estaciones de Servicio comienzan a transitar una transformación gradual hacia espacios energéticos más complejos, donde la electricidad se integra como una nueva unidad de negocio.
Lejos de reemplazar en el corto plazo a los combustibles tradicionales, la electromovilidad aparece como un complemento que exige planificación, inversión y adaptación normativa, pero que al mismo tiempo ofrece la posibilidad de reposicionar a las estaciones como nodos estratégicos dentro del sistema de transporte. El proceso ya está en marcha. La diferencia, hacia adelante, estará en quiénes logren anticiparse.
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