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Lejos de las decisiones automáticas del pasado, cargar combustible se transformó en un acto cada vez más calculado. Entre precios dinámicos, cambios de hábitos y consumidores fragmentados, las Estaciones de Servicio enfrentan un escenario donde vender litros ya no alcanza y la previsibilidad se volvió un valor escaso.
Durante años, el consumo de combustibles en la Argentina estuvo marcado por rutinas casi inalterables. Cargar el tanque lleno, aprovechar un descuento puntual o anticiparse a un aumento eran prácticas habituales en un mercado donde, aun con subas frecuentes, el usuario contaba con cierta previsibilidad. Hoy, ese escenario quedó atrás. El precio del combustible pesa, pero no lo hace solo por su nivel, sino por un factor que atraviesa toda la relación de consumo: la incertidumbre.
Así lo explica Carolina Suárez, analista en consumo y periodista especializada, quien advierte en diálogo con Surtidores que el impacto del combustible en el presupuesto del hogar ya no se mide únicamente en pesos por litro. “Además del incremento, existe otro factor que es la incertidumbre. Antes el combustible subía, pero había información. El consumidor podía combinar beneficios, días de descuento, tarjetas o billeteras electrónicas y calcular cómo iba a pagar. Con un precio dinámico, eso se dificulta: hoy se entera cuánto va a gastar o ahorrar prácticamente cuando está frente al surtidor”, señala.

La sensación que predomina no es la de un golpe puntual al bolsillo, sino la de una erosión constante. Los aumentos, aunque no siempre sean abruptos, se perciben como más frecuentes y menos anticipables. Esa percepción termina influyendo de manera directa en el uso del vehículo y en la forma de cargar combustible. La Estación de Servicio dejó de ser un espacio de paso automático para convertirse en un lugar donde la decisión se toma con más tiempo y más cálculo.
En ese contexto, hablar de “el consumidor” como una figura homogénea ya no resulta posible. Según Suárez, esa categoría se perdió, del mismo modo que ocurrió en otros ámbitos del consumo masivo. “Lo mismo que pasó en el supermercado hoy se traslada a la estación de servicio. Antes había una referencia clara: cargaba determinado combustible porque cuidaba el auto. Eso quedó en segundo plano. Ahora tengo que cuidar el bolsillo”, explica. La elección ya no se basa únicamente en el tipo de nafta recomendada, sino en una ecuación más compleja que combina necesidad, frecuencia de uso del vehículo y capacidad de gasto.

En este contexto, la carga del tanque lleno, que supo ser un gesto casi automático, dejó de ser una conducta extendida. No se trata necesariamente de que predomine la carga mínima, sino de que la carga completa ya no es una decisión impulsiva. “Salir a llenar porque sí no es algo que se vea tan constantemente. Eso de ‘cargame lleno’ ya no. Hoy se evalúa cuántas veces voy a usar el auto y cuánto necesito cargar. No hay un consumidor, hay muchos, y con comportamientos muy distintos”, resume la analista.
Ese cambio se refleja más en la frecuencia de carga que en el volumen total vendido. El usuario tiende a cargar cuando le conviene, aprovechando promociones, descuentos o momentos puntuales. La analogía con el supermercado vuelve a aparecer: ir más veces, comprar de manera más segmentada y planificar mejor el gasto. El combustible, que ocupa una porción relevante del presupuesto mensual, dejó de resolverse “de paso”. Incluso si implica dedicarle tiempo, la decisión se toma con mayor racionalidad.
Las señales de este nuevo escenario ya se ven en las estadísticas. En el último año, el consumo de combustibles premium había mostrado un crecimiento interanual superior al 20 por ciento, sacándole una diferencia significativa a la nafta súper. Sin embargo, esa brecha comenzó a achicarse. Las promociones y descuentos empujaron inicialmente ese comportamiento, pero cuando el precio sigue subiendo, aun con beneficios, la suma de litros en el tanque vuelve a ser motivo de replanteo. La respuesta del consumo, entonces, se fragmenta: no es la misma para quien recorre grandes distancias todos los días que para quien usa el auto de manera ocasional.

De cara al futuro, el escenario del consumo de combustibles aparece estrechamente ligado al rumbo general de la economía. Para Suárez, una eventual recuperación solo podría consolidarse si viene acompañada de mayor estabilidad. “Durante años, incluso con controles de precios o con aumentos anunciados, el consumidor reaccionaba de manera clara: hacía filas antes de una suba, calculaba el ahorro. Hoy eso no sucede porque no hay previsibilidad. Lo que debería consolidarse es un precio más estable”, sostiene.
El riesgo principal, mientras tanto, sigue siendo el precio y la forma en que se comunica y se percibe. Hay meses que resultan determinantes para el consumo, como marzo, con la vuelta de las vacaciones, las clases y las actividades cotidianas. La circulación aumenta, hay más autos en la calle y más filas, incluso en las estaciones de servicio. Sin embargo, esa mayor actividad no siempre se traduce en más ventas. “La gente siente que el precio cambia todo el tiempo. La reacción más común es ‘otra vez aumentó y no me enteré’ o ‘me enteré cuando fui a pagar’. Eso no contribuye”, concluye Suárez.
les cuesta abrir una aplicacion y quieren cargarse solos??
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