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Hace una década el país vivía días imborrables para su historia. El corralito, la inflación, inestabilidad institucional y agitación social, fueron el combustible para encender el reclamo de que se vayan todos. Las estaciones de servicio padecieron el corte de la cadena de pagos y la falta de combustibles dejó a muchas a la deriva. Los empresarios cuentan su experiencia
El 2001 había sido un año complicado. Con las cuentas en rojo y sin ingreso de divisas, la convertibilidad se hacía insostenible. Mientras en las provincias del interior y en el Gran Buenos Aires multitudinarias movilizaciones ciudadanas cortaban las principales rutas en protesta contra el gobierno al grito de que se vayan todos, en la radio y la televisión no se habla de otra cosa que del riesgo país.
Ante el inminente colapso, el ministro Cavallo tomó su última y más grave decisión: el primero de diciembre fijó un límite de 250 pesos semanales para todas las extracciones bancarias. La reacción no se hizo esperar: el estallido tan temido llegó, con mucha más fuerza y violencia que en 1989. El 20 de diciembre de 2001, luego de dos años y diez días de gobierno, Fernando de
La restricción de la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorros impuesta por el Gobierno por aquellos días, -“el Corralito“-, será una de las medidas más recordadas por los argentinos, dados los efectos negativos que produjo sobre la vida y finanzas de los ciudadanos.
Las estaciones de servicio no fueron ajenas a esta situación. Se había cortado la cadena de pagos, no había efectivo para cubrir las compras ni financiación para afrontar las deudas. Ante este escenario muchas se quedaron sin combustibles por varios días y colapsaron definitivamente.
El presidente de
García explica que la caída de la convertibilidad fue al principio un elemento desestabilizador para las finanzas de los expendedores. Los valores de las naftas nunca se acomodaron al aumento de los costos y así empezó a ceder nuestra rentabilidad, agregó.
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